martes, 4 de diciembre de 2007

LO QUE NO NOS CONTARON EN LA ESCUELA

Sacrificios humanos en el antiguo Perú

Aunque el Inca Garcilaso, interesado en que el mundo tuviera solo una visión idílica del Incario, no los mencione, está bien comprobado que en el antiguo Perú se hacían sacrificios rituales de personas, particularmente de niños, aunque no fuera una práctica constante como algunos malintencionadamente han afirmado. El testimonio reiterado del resto de los cronistas, así como las momias halladas en las cimas de los Andes lo confirman. Bajo el Incario se conocía con el nombre de CAPACCOCHA la fiesta donde se hacían sacrificios de niños.

En la Enciclopedia Ilustrada del Perú de Alberto Tauro del Pino, se describe la Capaccocha, pero por ningún lado se alude a los sacrificios humanos ¿por qué el silencio? Leamos lo que dice al respecto Luis E. Valcarcel (Historia del Perú Antiguo, Tomo III):

“Dice el padre Ramos Gavilán que en negocios graves y de importancia usaron casi en todo el Perú y en particular en el Cusco y en Titicaca el sacrificio de niños cuya edad fluctuaba entre los 6 a los 12 años. En particular se realizaban en caso de enfermedad del Inca o cuando iba a la guerra o para que consiguiese victoria o cuando se coronaba. En las fiestas principales del sol y de la luna el sacrificio era de 200 niños en diversos adoratorios señalados. El procedimiento era ahogarlos, después de haberles dado muy bien de comer y de beber y llenándoles la boca con coca molida, deteniéndoles la respiración; otras veces los degollaban y con su sangre se teñían el rostro. Eran enterrados con muchas ceremonias y con ellos los vasos con que les habían dado de beber y por esta causa en algunas sepulturas antiguas se suelen hallar algunos de madera o queros y de plata o aquillas. Otro procedimiento empleado consistía en que los sacerdotes ponían a la víctima sobre una losa grande con el rostro mirando al sol y, estirándole el cuello, ponían sobre él una teja o piedra lisa algo ancha y con otra le daban encima rudos golpes que le quitaban rápidamente la vida, y así muertos los dejaban dentro de la misma huaca”.

Como es de suponer, la dominación hispánica no pudo desterrar de forma definitiva este y otros rituales antiguos practicados por los curacas, pese a la severa prohibición que se impuso y a las amenazas de los doctrineros católicos contra quienes persistían en sus “prácticas diabólicas”:

“Cuenta Ramos Gavilán que un español llamado Pedro Franco, buscando unas minas, en el distrito de Sicasica, Corregimiento de Caracollo, allá por el año de 1598, llegó a un lugar donde había algunas tumbas de los gentiles y entre ellas una que era mayor que las demás, y habiéndose acercado oyó no sin sorpresa que salía de ella un quejido lastimero, y acercándose más comprobó que el gemido iba en aumento y que correspondía a un ser humano. Como la tumba estaba tapiada hizo uso de una barreta para abrirla y halló dentro con enorme sorpresa una hermosísima niña de edad de 10 años que se encontraba casi moribunda, porque según lo declaró después hacía 3 ó 4 días que la habían enterrado los curacas de Sicasica, en sacrificio a sus dioses. Concluye la historia asegurando que la muchacha así salvada vivió mucho tiempo y que la versión que se relata era muy conocida en la comarca” (Valcárcel).

Canibalismo en la época Pre Inca

“Cuando llegaron los españoles al Perú, en el s. XVI, en el ámbito del Imperio de los Incas estaban excluidas las prácticas canibalísticas. Ellas estaban vigentes, en cambio, en casi todo el entorno. Al norte de la tierra de los Pastos, en Colombia, el canibalismo era generalizado y también era una práctica establecida entre los Tupinambá del oriente de Brasil y hay indicios que subsistía vestigialmente entre los araucanos del sur. En las leyendas de Huarochirí, se cuenta que el dios Pariacaca, al saber de las costumbres antropofágicas del dios Wallallo Carhuincho, decidió castigar sus malos hábitos expulsándolo a la tierra de los Huancas adonde debía ir a comer perros. Todo eso fijó la idea de que en el antiguo Perú la antropofagia no existió nunca y, cuando, en 1905, Max Uhle encontró las primeras evidencias de esas prácticas entre los primitivos pescadores de Supe, hubo una gran resistencia a aceptarlas y se buscaron argumentos para indicar que Uhle había mal interpretado la información. Muchos años después, ya en la segunda mitad del s. XX, como resultado del interés en examinar con detalle los huesos desechados en los basurales arqueológicos, se fue hallando suficientes evidencias como para confirmar que Uhle no estuvo equivocado. En todos los sitios de la época Chavín, y en todos los de los períodos precedentes, desde cuando se definió la vida basada en la agricultura, en el precerámico o Arcaico Tardío, aparecen restos de seres humanos que fueron comidos por sus semejantes. Eso indica que, escenas como las que aparecen en los muros de Cerro Sechín no eran sólo una referencia a la guerra, pero seguramente también a lo que seguía luego, con la canibalización de los vencidos, tal como ocurría en las guerras que presenciaron los españoles en el valle del Cauca, en Colombia. En Chavín, en la Galería de las Ofrendas, junto con los presentes de comida de venados, camélidos, aves y peces, en platos suntuosos había también "presas" de cuerpos humanos de diversas edades; un cálculo no definitivo induce a pensar en al menos 21 personas distintas. Habían sido muertos más humanos que venados o cuyes, aunque eran más los potajes con carnes de alpacas o llamas. Los huesos humanos habían sido cortados, cocidos o asados al igual que las presas de los otros animales. No tenemos noticias específicas aun sobre las formas y circunstancias de estas prácticas de canibalismo, pero sí sabemos que estaban generalizadas en la época de Chavín y que duraron cuando menos hasta la época de los Mochicas en la costa norte del Perú. Durante y después del llamado Horizonte Medio, hacia el s. VI d.C., no aparecen ya restos de este tipo; y, de hecho parece que ya habían sido erradicadas en tiempo de los Incas”.

http://chavin.perucultural.org.pe/antropofagia.shtml

Huacos eróticos censurados

Marco Aurelio Denegri refirió una vez que una persona de entera credibilidad le contó haber sido testigo de cómo la distinguida arqueóloga peruana Rebeca Carrión Cachot (1907-1960), destruía una cerámica preinca que representaba la cópula de un hombre con una llama, calificándola de “depravación”. Lo curioso es que actualmente no existe ningún huaco que represente una escena como esa (pese a la diversidad de las prácticas amatorias que reflejan los huacos eróticos conservados), lo que nos hace pensar que la labor de los “moralistas” ha debido de ser muy eficiente. Pero Kauffmann Doig cree que la zooeroastia o bestialismo no debió estar muy extendido entre los antiguos peruanos; sabemos por ejemplo que bajo el Incario los que hacían tales prácticas eran tratados como indeseables.

Denegri ha destacado también el hecho que para algunos estudiosos ceñidos bajo los cánones de la moral cristiana les es incomprensible que en algunas sepulturas de niños se encontraran huacos eróticos. Sin duda son las consecuencias de querer interpretar los sucesos y costumbres del pasado con mentalidad moderna.

Sodomía entre los antiguos peruanos

Sabemos que la homosexualidad era muy repudiada en el Incario, a tal punto de ser perseguida y castigada. Sin embargo, su práctica se conservó en algunos puntos del imperio, aunque solo en el marco de ceremonias religiosas que tenían raigambre preinca. Se mencionan al respecto los adoratorios situados en Chincha y el Callejón de Conchucos, por poner unos ejemplos. Al menos eso es lo que nos da a entender la información que el cronista Pedro Cieza de León Cieza ha dejado en su libro "La Crónica del Perú", el cual dice citando al padre Domingo de Santo Tomás:

"Verdad es que generalmente entre los serranos y yungas ha introducido el demonio este vicio debajo de especie de santidad, y es que cada templo o adoratorio principal tiene un hombre o dos o más, según es el ídolo, los cuales andan vestidos como mujeres desde el tiempo que eran niños, y hablaban como tales, y en su manera, traje y todo lo demás remedaban a las mujeres. Como éstos, casi como por vía de santidad y religión, tienen las fiestas y días principales su ayuntamiento carnal y torpe, especialmente los señores y principales. Esto sé porque he castigado a dos: el uno de los indios de la sierra, que estaba para este efecto en un templo, que ellos llaman guaca, de la provincia de los Conchucos, término de la ciudad de Huanuco; el otro era en la provincia de Chincha; indios de su majestad, a los cuales hablándoles yo sobre esta maldad que cometían, y agravándoles la fealdad del pecado, me respondieron que ellos no tenían culpa, porque desde el tiempo de su niñez los habían puesto allí sus caciques para usar con ellos este maldito y nefando vicio y para ser sacerdotes y guarda de los templos de sus ídolos. De esa manera que lo que les saqué de aquí es que estaba el demonio tan señoreado en esta tierra que, no contentándose con hacerlos caer en pecado tan enorme, les hacía entender que el tal vicio era especie de santidad y religión, para tenerlos más sujetos." (Capítulo LXIV).

Asimismo, Garcilaso en sus "Comentarios Reales" admite que en ciertas etnias se practicaba la sodomía religiosa o ritual: "Hubo sodomitas en algunas provincias, aunque no muy al descubierto, sino algunos particulares y en secreto".

Prostitución bajo el Imperio Inca

“La prostitución parece haber estado oficialmente permitida (bajo el Incario), aunque se desconoce aun su extensión temporal. Las meretrices eran conocidas con el nombre de pampahuarmi y ejercían su oficio en los extramuros. Para que se dé prostitución es necesaria una recompensa a cambio de un favor sexual. Comoquiera que no circulaba el dinero, el favor debió ser retribuido en el marco del trueque, mediante algún objeto o comestibles. Lorenzo de Sain-Cricq (Marcoy 1869) documentó en el siglo pasado (siglo XIX) un caso de prostitución en el sur del país, donde la palabra pampahuarmi, mencionada por Domingo de Santo Tomás (1560) en su acepción de meretriz, sobrevivía; pervive todavía en la actualidad. Llama la atención que hubiera prostitución en una sociedad de preceptos tan rígidos como la del Incario”. Historia y Arte del Perú Antiguo. Tomo 5. Federico Kauffmann Doig.

Saludos
Álvaro S. Chiara G.