martes, 4 de diciembre de 2007

SACRIFICIOS DE NIÑOS EN EL ANTIGUO PERÚ

Las personas que estudiaron la historia del Perú en las escuelas de hace 40 años recordarán sin duda que en los textos escolares se leía que los antiguos peruanos desconocían los sacrificios humanos con fines rituales; es más, se decía que los Moche sólo sacrificaban animales, al igual que los Incas. Actualmente, si bien semejante mentira ha sido ya desterrada de los manuales de historia, sin embargo, ocurre algo que es de igual lamentable: que se silencie sobre este tema, quizás bajo la idea equívoca de solo enseñar a los jóvenes “cosas constructivas”. Tampoco he encontrado en la red páginas confiables referentes a los sacrificios humanos que hacían los incas, y por ello, a fin de que se conozca con más detalle estos hechos, paso a copiar el siguiente texto.

LA CAPACCOCHA ó CÁPAC UCHA


Cada cuatro años, y algunas veces cada siete, se hacía el gran sacrificio llamado Capaccocha, el cual era general en todo el Imperio. De las cuatro partes del mundo (Collasuyu, Chinchaysuyu, Antisuyu y Contisuyu) y de cada pueblo salía una comitiva encabezada por los sacerdotes locales que se dirigía al Cusco llevando en procesión a sus ídolos (llamados huacas); junto con ellos llevaban a niños o niñas de 10 años de edad, escogidos de entre los de mayor belleza y perfección, además de ropa, ganado, plumería, pequeños costales de coca, molido de conchas marinas y figurillas de oro y plata representando llamas, en calidad de ofrendas que hacía el pueblo. Los ídolos eran alojados en un recinto del Coricancha o templo principal del Cuzco, y después salían en procesión solemne a la plaza de Huacaypata, donde en presencia del Inca, se preguntaba a los ídolos si el año sería próspero o no, si el inca tendría larga vida o se moriría y si se levantarían enemigos, si habría peste entre la gente y el ganado. Respondían los sacerdotes, en nombre del ídolo que tenían a su cargo, dando respuestas tranquilizadoras. Luego el Inca hacía dividir las ofrendas en cuatro partes, una para cada uno de los suyus, y después de hecha la distribución, les decía: “vosotros, tomad cada uno su parte de esas ofrendas y sacrificios y llevadla a la principal huaca vuestra y allí sacrificadla”. Y los sacerdotes regresaban a sus lugares de origen y sacrificaban a los niños, que eran ahogados y enterradas junto con las piezas de oro y de plata; el resto de las ofrendas eran quemadas. En el Cusco y dentro del marco de dicha festividad también se sacrificaban niños en honor al Hacedor (Ticci Wiracocha), a quien rogaban diese al Inca larga vida y salud y victoria contra sus enemigos; que durante su gobierno estuviesen sujetas todas las naciones y que viviesen en paz, multiplicándose y que tuvieran abundantes comidas. Después de esta oración, ahogaban a las criaturas, dándoles primero de comer y beber, diciendo que no llegasen donde el Hacedor con descontento y hambre. Extraían los corazones y los ofrecían a la huaca cuyo rostro era untado con su sangre. Los cuerpos de las víctimas junto con las ofrendas y demás sacrificios eran enterrados en Chuquicancha, un pequeño cerro que está encima de San Sebastián, a media legua del Cusco. Luego procedían a hacer otros sacrificios al Sol, al Trueno, a la Luna y a la Tierra. Los últimos sacrificios se realizaban en el cerro de Huanacauri, a la huaca de ese nombre, con procedimientos semejantes y oraciones con un contenido similar. Dice el cronista que relata todo esto (Cristóbal de Molina) que era tantos los lugares que tenían dedicados para sacrificios en el Cusco que sería mucha prolijidad mencionarlos. La capaccocha daba lugar a festejos con taquis o cánticos jubilosos y el Inca ofrecía al pueblo comida y bebida en abundancia.
Una de las tres momias incas conocidas como los "Niños de Llullaillaco", descubiertas en 1999 en la cima de un volcán de Argentina. Fueron sacrificados como parte del ritual de la Capaccocha.


Por su parte Hernández Príncipe (fines del siglo XVI) hizo la siguiente descripción del Capaccocha, dándonos mayores detalles sobre los sacrificios humanos:

Se celebraba cada cuatro años y se cogía cuatro niñas de edad de 10 a 12 años sin mancha ni arruga, de belleza excepcional, hijas de gente importante, y a falta de ellas de la gente común; las cuatro eran llevadas al Cusco y representaban a los cuatro suyus, todas salían a un mismo tiempo y cuando iban por los caminos salían a su encuentro los pobladores de cada comunidad, llevando en procesión a sus huacas; las niñas destinadas a la Capacocha eran conducidas con la huaca principal de su tierra y con sus curacas y servidores, entraban al Cusco poco antes de celebrarse las fiestas del Inti Raymi; y salían a recibirlas los vecinos de dicha capital. El inca y los de su Consejo se habían ya confesado y lavádose en el río Apurímac. Entraban las jóvenes al Aucaypata (Huacaypata, plaza principal del Cusco), donde ya se encontraba sentado el Inca en su escaño de oro y junto a él por su orden las estatuas del Sol, y del Trueno y los cuerpos momificados de los Incas, interviniendo los sacerdotes que dirigían el rito: daban dos vueltas por la plaza, haciendo venias a las estatuas y al Inca, el cual, con semblante alegre, las saludaba, y dirigiéndose hacia el Sol, en “términos oscuros”, daba a entender que ofrecía a las electas y le rogaba las aceptase. Brindaba en seguida en dos aquillas de oro, derramando el líquido que debía beber el sol de uno de los vasos. El Inca aparecía rodeado de las pallas. El propio monarca “se refregaba entonces el cuerpo con estas muchachas (...) por participar su deidad” y el Sacerdote Mayor del Sol degollaba una llama blanca y con su sangre hacía asperje a la masa de harina de maíz blanco que llaman zancu y comulgaba el Inca y los de su Consejo, diciendo primero: “ninguno que estuviera en pecado sea osado de comer de este Yaguar-sancu porque será para su daño y condenación”. Repartía la carne de llama sacrificada en cantidades mínimas, como si fueran reliquias y convidaba a las electas. La fiesta duraba muchos días, siendo sacrificadas 100,000 llamas (!).


Las jóvenes que debían ser sacrificadas en el Cusco eran conducidas a Huanacauri o la casa del Sol, y después de adormecerlas se las bajaba al fondo de una especie de cisterna sin agua, en cuyo fondo, a un lado se había hecho un depósito, en el cual la víctima era emparedada viva. Las demás eran enviadas por el Inca a sus lugares de origen, en los que les aguardaba idéntica suerte. Los padres recibían, en compensación, especiales privilegios, sobre todo dándoles autoridad y nombrando sacerdotes encargados de las ceremonias anuales que debían celebrarse; servía esta Capacocha de guardia y custodia de toda la provincia.

Hernández Príncipe nos ha transmitido también el relato sobre uno de esos cultos de provincias que se realizaba en torno a las víctimas del Capaccocha. El pueblo donde recogió tal relato era Aija, a dos y media leguas de Ocros; la muchacha sacrificada se llamaba Tanta Carhua, hija del Cacique Poma, y por su sacrificio su padre consiguió del Inca el asiento y señorío de Curaca de Aija.

Tanta Carhua tenía diez años cuando fue llevada al Cusco y allí le hicieron muchas fiestas, y a su regreso continuaron haciéndolas; pero ella protestaba diciendo que era bastante con las que ya le habían hecho en la capital del Imperio. Lleváronla entonces a un cerro alto, a una legua de Aija, en que rematan las tierras del inca, y hecho su depósito la bajaron a él y la emparedaron viva. Cuenta Hernández Príncipe que, informado de todo esto fue al mismo lugar, donde hizo que cavaron un pozo hasta de tres estados de fondo, y allí encontraron el terreno bien nivelado y en el remate hecho un depósito a modo de alacena, donde estaba muy sentada al modo antiguo Tanta Carhua, con muchas alhajas, topus y dijes de plata que el Inca le había regalado y muchos cantarillos y ollitas. Su cuerpo estaba ya deshecho y su finísima ropa esgamosada que apenas podía tocarse. Los ancianos refieren que cuando se sentían enfermos o tenían alguna necesidad de socorro, venían a este sitio acompañando a los magos, quienes “asimilándose” a la Tanta Carhua les respondía, con voz femenina, lo que debían hacer en cada caso. Era, pues, un verdadero culto el que le rendían las gentes de su ayllu de Urcon, desde los cerros vecinos, pues era de difícil acceso el lugar mismo donde se encontraba Tanta Carhua. El último curaca, hijo de Cacique Poma y por consiguiente hermano de Tanta Carhua, fue Cóndor Capcha.

Fuente: Luis E. Valcarcel, “Historia del Perú Antiguo”.

1 comentario:

topacio214 dijo...

Estoy haciendo una ivestigacion, de quien fue el inca o quienes fueron los de gran importancia que sacrificaron a su hija de 6 aÑos que la dio en sacrificio al rey sol.
Si ustedes me pueden ayudar con eso se lo agradezco de corazon. JTK.
jenni_kj_983@hotmail.com